
Admirada princesa:
Yo sé que
solamente
navego por sus sueños para ser confidente
de innocuos amoríos que usted tuvo con
otros,
también miro mis sueños, soñaba con
nosotros
cabalgando tristezas de tenue enredadera,
la veía, princesa, como una reina entera,
no dueña de su reino lleno de multitudes,
ni de su belleza de infinitas virtudes;
yo la veía reina de mi ilusión sincera,
su sirviente, su esclavo o todo lo que
quiera.
Princesa de mis sueños, comprendo su
existencia,
yo sé que le molesta que sólo su
apariencia
mande sobre las cumbres, mande sobre los
mares
y yo soportaría sus tórridos pesares
por verla sonreír, por su dulce mirada;
todo soportaría porque no sufra nada.
Perdone mi insolencia o si resulto
hiriente,
es que cuando la sueño, la veo diferente,
porque cuando la sueño no la trato de
usted,
simplemente la beso. No diviso pared
que interrumpa las noches donde la beso
tanto
que ya me sabe amargo el sabor de mi
llanto.
Pero siendo su esclavo tengo la libertad
de pensar que mi sueño se vuelva
realidad.
Al terminar mi carta guardo el llanto y
sonrío,
porque no es mi princesa, ni existe el
cuento mío.
En esta realidad soy un esclavo suyo
pues con usted perdí mi palacio de
orgullo.
Y aunque mi fantasía la retorne conmigo
me conformo con ser solamente su amigo.
También sé que los dos moriremos de
viejos
a usted la soñaré y escribiré de lejos
estos versos amargos, que admiraba su
vista
y nunca se enteró que era protagonista.
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